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2.11.09

“Al cabo, la muerte es flaca y no ha de poder conmigo”


Hacer un altar de muertos a Nuestro Padre Obispo, qpd; para algunos podría ser incomprensible, falto de respeto a su memoria, sin embargo, ante la celebración de los fieles difuntos en México hay que considerar dos tradiciones que al estar profundamente arraigadas en el pueblo mexicano, no se excluyen, más bien se integran y dan origen a una particular visión de la muerte desde la idiosincrasia del mexicano. Por una parte en la Iglesia católica se estableció, en los años 1049, el 2 de noviembre como el día para conmemorar a los fieles difuntos y a las ánimas del purgatorio, por otra parte antes de la llegada de los españoles y sobretodo en Mesoamerica, la muerte ocupaba un lugar especial, era considerada como una forma diferente de vida. Con la llegada de los españoles los pueblos conquistados retoman la idea de celebrar el 2 de noviembre para pedir por el alma de sus difuntos y al mismo tiempo celebrar su visita al mundo de los vivos.
Algunos afirman que los mexicanos no le tenemos miedo a la muerte pues este tema es para el mexicano una oportunidad de diversas manifestaciones “artísticas”. En muchos lugares del país se organizan concursos de “calaveras” que es una composición en verso que, compuesta a una persona viva, transmite la idea que, o por tus virtudes o por tus defectos, la muerte manifiesta sus afectos y terminando tus dias entre ataúdes. De igual manera encontramos, como una celebración muy propia del país, la realización de concursos de “altares de muertos”, donde se pretende rescatar nuestras tradiciones culturales; se colocan en estos altares “ofrendas” mismas que casi siempre tienen relación con la persona a quien se le ha dedicado el altar, tienen que ver con sus gustos, aficiones, profesión, etc. Existe también un sin fin de “refranes” populares que nos recuerdan la postura de nuestra cultura frente a la muerte.
La celebración del día de muertos ha empezado a sufrir también los efectos de la globalización, es común encontrar altares de muertos con elementos propios de otra cultura promotora de lo que conocemos como “Halloween” con sus fantasmas y sustos comerciales parece muy lejana de la reafirmación familiar y la devoción original con que se encaran los festejos de arte, comida y altares mexicanos. Particularmente estoy en contra de aquellos centros culturales o educativos que promueven ésta última o permiten un “mix” de elementos que no favorecen al rescate de nuestras tradiciones.
Algunos podrán decir que nos reímos de la muerte, que no le manifestamos miedo, que la enfrentamos o provocamos, lo cierto es que, la visión que tiene México de la muerte, es simplemente una visión diferente, es un símbolo milenario que no se puede separar de la vida, pues la celebración del día de muertos es la celebrar el día en que los recuerdos de los muertos cobran vida. Es una fiesta de importancia ya que en ella se recuerda el lugar del individuo en el seno del grupo lo que contribuye a una afirmación de la identidad. Por eso es una expresión sana que algunas de las parroquias de la diocesis promuevan esta actividad e incluso hayan dedicado sus altares a Mons. Lazaro de quien aún lloramos con fe su partida.
Hay que tener especial cuidado ya que ésta visión nada tiene que ver con “el culto a la santa muerte” una seudo religión que se ha organizado recientemente y que en ciertas regiones de México ha venido tomando fuerza. Para sus devotos, la Señora, como llaman afectuosamente a la muerte, es capaz de aparecerse y manifestarse corporalmente o imprimir sus imágenes en diversos lugares. Para los católicos esto es una idolatría.
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